miércoles, 7 de octubre de 2015

Laila



Ella está leyendo de pie, desnuda. Luce sus pendientes y sus mejores zapatos. La pequeña chapa al frente de su collar dice “Laila”, el sobrenombre íntimo al que sólo responde conmigo.
Curiosamente se dice “perra” o “puta” como insulto, no como yo se lo suelo decir a ella. Lo que un humano puede aprender y valorar de los canes es la fidelidad, la obediencia, el valor, el hecho de confiar en el instinto, la entrega al macho alfa.
No la llamé puta hasta que se ganó ese elogio. Cuando fue consciente de todo su atractivo, su manera de lucirse para mí, sin vergüenza alguna; el descubrimiento de la sensibilidad de cada región de su piel, la libertad de entregarse por completo a mí porque ese era su mayor deseo, aunque la sociedad le hubiera enseñado otras cosas, y expresar su gozo con sus gemidos, sus posturas, sus palabras de agradecimiento con su mirada baja.
Se bien lo que está leyendo, porque yo lo escribí. Otras personas lo leerán, pero ella primero, se lo ha ganado. Su formación profesional la hace competente para un análisis lo más objetivo posible, y si debiera encontrar defectos y comentármelos con todo respeto, yo no esperaría otra cosa.
La primera vez que la vi también leía una de mis obras. Vestida, por supuesto, en un espacio público. Flotaba en el aire un agradable aroma a café. Estudiantes y profesores conversaban en las mesas sobre los más variados temas, casi en voz baja, aunque la biblioteca de Humanidades se encontraba a menos de 100 metros de allí.

Me llama la atención que no haya en el profesorado de Letras quien no haya leído a Sade o a Bataille. No pretendo compararme, pero me sentí afortunado: la hermosa y reconocida académica me estaba leyendo a mí. Sus cabellos negros recogidos, sus lentes de baja graduación, su vestimenta formal, le daban en aspecto entre sensual e intelectual que yo encontraba excitante.
Me acerqué y recité una de las frases de esa obra:” ¿Por qué lucirás solo un antifaz? No porque cubra, sino porque destaca lo importante. Tus ojos, tus labios, el lenguaje de tu cuerpo, que dice más que tus palabras”.
Ella levantó la vista y me miró un tanto confundida, seguro que le resultaba conocido. Mi foto estaba en la solapa del libro. Sonrió al confirmarlo. “¿Puedo sentarme?”, “Si, por favor”, invitó con un gesto.
“Esto parece una invocación”, bromeó.
“Una feliz coincidencia, aunque no suelo creer en casualidades, sino en causalidades.”
Aprovechó la ocasión para hacerme unas cuantas preguntas sobre mis obras, personajes, técnicas, mientras yo sentía crecer la química entre ambos, en un cambio del tono de voz, el encuentro de miradas sostenidas, los cuerpos ligeramente inclinados uno hacia otro y más cercanos.

“Sé que sonaría muy personal, tú dirás si respondes… ¿En verdad practicas el bdsm? ¿Hay algo de experiencia personal que al menos inspire estas obras?
“Esa no es una pregunta sobre técnica, sino sobre intimidad. Me temo que para ser justo con quienes haya conocido, solo saben sobre mi intimidad quienes la comparten conmigo.”
“En ese caso permíteme hacer conjeturas. Supongamos que si lo haces. Supongamos que yo formara parte de esa intimidad. En ese caso hipotético, me pregunto qué te inspiraría. Qué me harías.”
“Acércate. – acerqué una mano como acariciando una de sus mejillas y susurré al oído.- Desnudarte sería apenas el principio, en tal caso te despojaré de tus máscaras, de quien crees que eres o lo que crees que conoces. Haré aflorar de tu más profundo interior tanto tus mayores inseguridades y prejuicios como los más prohibidos deseos que ni te atreves a confesarte a ti misma. Las fantasías que te harían temer que tú misma te sientas loca, pervertida o reducida a una hembra excitada. Te las haría notar para que te conozcas mejor que nunca, te aceptes, y te sientas orgullosa de lo que encuentres, y tu vida nunca vuelva a ser la misma. Así es de reveladora esa experiencia, como para que la mayoría de las personas prefieran vivir una mentira disfrazada de “normalidad”, sea lo que eso fuere.
Ella tomó una de mis manos. –Acepto.- dijo.- Salgamos de aquí.

En las semanas siguientes noté los cambios tal como se los había anticipado. Desnuda, con los ojos vendados, las manos atadas hacia arriba, sintió las palmadas en la cola, el cubito de hielo en los pechos, las caricias íntimas que la excitarían sin correrse hasta que yo lo permitiera. Sintió mis abrazos para confortarla, mis palabras de ánimo, mis premios y castigos. La vi salir hacia sus clases con su cuerpo previamente pintado con mis dedos, como un grafiti personal que indicaba mi propiedad. Solo ella y yo sabíamos lo que se encontraba bajo sus ropas. En uno de los meses siguientes me confesó que sabía que yo debía presentarme esos días en la Facultad para hablar ante un grupo de estudiantes. Había estado leyendo el mismo libro tres veces en el mismo sitio, y la tercera fue la vencida. Porque a esas obras les faltaba algo, le faltaba ella.
Ya casi termino mi copa de coñac. Ella ha terminado y cerrado el nuevo capítulo. Hago chocar mis palmas y ella viene despacio hasta mi sillón, buscando mis caricias. Es la primera en saber lo que me ha inspirado, en conocer mi nueva obra; mas a mí me gusta pensar que hay otra cuestión mayor, más importante y menos conocida: nuestra feliz relación, esa obra es nuestra, solo nuestra.

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