viernes, 13 de febrero de 2015

Espontaneidad sumisa









La espontaneidad puede ser tan importante como la creatividad. No pensar demasiado, confiar en el instinto y ser uno mismo. Así lo hizo ella. No tiene un nombre ridículo ni es un personaje de papel, sino una mujer normal que en la intimidad siempre ha sabido liberarse  tanto de sus ropas como de los prejuicios de la sociedad hipócrita.
Tú no eres un  millonario excéntrico ni un maniático  con un pasado traumático en el lado oscuro de la fuerza. Eres un hombre “normal”, si existiera tal cosa, caminando hacia la casa, donde tu sumisa te espera con una sorpresa.
Entras y la encuentras terminando de hacer las labores domésticas, ataviada solo con su delantal. Algunos de sus cabellos con ondas caen sobre la  frente. Sus pechos curvan su única prenda  y se insinúan en parte como en un sensual escote. Gira despacio, en un gesto sensual, y su cola se luce como un precioso presente con un moño encima.
Sonríe, sonríes. Se abrazan. Se besan. Miras esos ojos que te gustan mientras tomas las nalgas con tus manos. No es habitual lo de hoy. Le dices que no tenía que hacerlo sola, pues aun siendo dominante no se te cae la corona por ser limpio, pero ella quería sorprenderte, dedicarse a ti. Hizo de tareas habituales algo especial, para esta ocasión, para este feliz no-cumpleaños.
Debo bañarme, dice. Te pones más cómodo  mientras tanto, preparas un ambiente más acogedor con velas aromáticas y música sensual. Ella sale al rato solo con sus dos toallas, una envolviendo su cuerpo, otra en su cabeza. Le quitas la primera toalla, tanto da si su cabello húmedo aún queda cubierto. Le ordenas echarse boca abajo sobre la cama.
¿Qué me vas a hacer?, pregunta ella, tal vez con curiosidad, o con entusiasmo. No con recelo, pues sabe a quién se entrega.
Voy a aliviar la tensión de tanto trabajo, prometes en un dulce tono, sin mencionar si tu propio día ha sido complicado, eso ya se te olvidará pronto. Comienzas por los hombros, tus palmas acarician, tus dedos identifican tensiones, masajean con habilidad. Tus labios se posan con cariño en varios puntos. Bajas por la espalda despacio, como una lenta corriente de irresistible excitación. Acaricias la cola, la pellizcas, le das un par de palmadas. Abres sus piernas. Trabajas en sus muslos. También los besas y les das cortas lamidas cerca de su sexo.
Luego de llegas a sus pies, le indicas que se dé vuelta. Ojos cerrados. No tiene una venda, pero tampoco los abrirá, chica obediente. Solo se relaja y siente. Las yemas de los dedos comienzan por el cuero cabelludo, la cara, el cuello. Tus labios le siguen.
Sobre sus pechos dibujas círculos y espirales. Los pezones se ponen firmes, los presionas entre tus dedos y tiras un poquito antes de soltarlos.
Sigues bajando, conoces cada rincón y cómo tocarlo o besarlo. Su sexo húmedo te espera, pero no todavía. No te perderías de nuevo esas maravillosas piernas.

Tras el masaje le ordenas que se ponga de costado, puede abrir los ojos. Siente la piel de tu pecho en su espalda, una mano sobre sus pechos, tus besos en el cuello, y sobre todo, cómo la penetras. Le das todo, desde la ternura inicial hasta la muy firme pasión que llena su ser. Feliz ejemplo de acción y reacción.  
Nada de esto estaba planeado. Eso es entrega, mi sumisa, dominación de la vida real, dar y recibir, con un ingrediente de espontaneidad.

 

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