jueves, 26 de septiembre de 2013

Liberada



Luciana tenía claro que ya no quería volver a tener una relación vainilla. Sus primeras experiencias en el bdsm  fueron tan intensas para ella que representaban un antes y después en su vida.
El primer hombre que la dominó la trató con firmeza y autoridad, y ella, tan fuerte en la vida cotidiana, se dejó llevar a nuevas experiencias sintiéndose desnudada en cuerpo y alma, obligada a encontrarse de frente con sus deseos hasta entonces prohibidos.
La profesional de académico lenguaje era en su intimidad la puta de su primer dominante, y se acercaba en sus cuatro patas a traerle el periódico en la boca y descansar a sus pies.  De pie, desnuda y con las muñecas sujetas hacia arriba de su cabeza, cambiaba los pendientes y la cadena de oro por las pinzas en sus pezones, unidas por una cadena, y el collar de cuero. Los azotes en su cola dejaban marcas temporales, mientras se estremecía y se encendía de deseo ante el sonido de sus gemidos amordazados. Si ese trato marcó su piel, mucho más marcó su espíritu, con la diferencia de que esas huellas no desaparecerían.
 De pie, acostada, de rodillas, experimentó  la humillación, el dolor, la dominación, hasta un punto en que la excitación se agitaba en lucha con sus temores y con su antiguo sistema de moralidad. Lo que dificultaba su batalla era librarla sola, pues no tenía con quién hablarlo, descartaba a familiares y ni aún a amigas se atrevía a contarles. Miraba a sus compañeros de trabajo como si sospecharan y en cualquier momento fueran a descubrir su secreto. Le aterraba caminar entre ellos llevando todavía las marcas bajo su ropa.
Su sentido de “lo que debía ser” ganó una batalla, y asustada de sí misma, tomó la decisión de alejarse del bdsm y de aquel primer dominante. Eso creyó lograr temporalmente, pero ¿cómo huir de quien realmente era ahora que lo sabía? Al llegar a gustar del  bdsm, ya no se lo quiere dejar, es una ley tan universal como la gravedad. Le temía a la locura, pero la misma en parte consistía en negar la verdad sobre el propio ser, en no aceptarse o aún peor, forzarse a ser como creía que los demás determinarían “correcto”.
Su nuevo novio era una buena persona, la quería tanto como ella a él. Era dulce y respetuoso, tal vez demasiado. Un caballero culto, puntual, alguien con quien se sentía escuchada, tenida en mucha consideración. Él había viajado para apreciar y conocer culturas, costumbres, comidas, de modo que  apreciaba sinceramente lo bueno que había conocido, y no hablaba de lo que no supiera. Un gesto “atrevido” de parte de él había sido regalarle un libro de posiciones de kamasutra a todo color y proponerle llevarlas a la práctica. Nada mal, pero no bastaba, no llenaba su vacío. Necesitaba algo más. Pertenecer, servir, sentirse sometida. Lo miraba dormido a su lado, apuesto, con unas manos fuertes que nunca le dieron nalgadas, con una atractiva voz que no la llamaba puta ni sumisa.
Antes de dormir él se había puesto serio, le había hablado de estrechar la relación, dar un nuevo e importante paso, no ser solamente novios. Hablarían por la mañana.  ¿Acaso sacaría en cualquier momento un estuche con un anillo? Luciana no se imaginaba  como la “señora de” presentada en sociedad, la ama de casa, que haría tareas por rutina y no por obedecer, la esposa que merece respeto, solo lo que esté en el libro. Tenía que volver al bdsm, no se suele valorar algo hasta que ya no se lo tiene, y así le ocurría. Si alguna vez lo temía, ahora sabía que lo necesitaba, no más actos rutinarios y predecibles.
Ella no podía dormir pensando en la mañana. Se le terminaba el tiempo para anticiparse y tomar decisiones importantes. En unas horas más sería todo o nada. ¿Podría vivir en pareja con él y tener sesiones con otra persona?  No, no solo engañaba al menos a uno de los dos, también se fallaba a sí misma. Si decidía volver al bdsm no lo haría a escondidas, como avergonzada. Tendría que decírselo, esperar que lo acepte. Preparar la ocasión adecuada. Eso decidió finalmente: despertaría más temprano y prepararía el terreno.
Cuando él despertó, se encontró con que todo detalle estimulaba los sentidos: las velas aromáticas, la lencería roja de Luciana y su actitud sensual, un CD con música de saxo. Sus cuerpos se abrazaron, unidos piel con piel, labios y lenguas, dedos que reconocían cada uno la textura del cabello del otro.
-¿Harías algo por mi?- Le susurró ella sensualmente al oído.
-Por supuesto, solo dime.
Ella se alejó un par de pasos, y de un cajón retiró dos pañuelos prolijamente doblados.
-Me gustaría hacerlo más emocionante: que me ates y me vendes los ojos.
-¿Que te ate?- él  parecía sorprendido.
“Si me dice que estoy loca...le doy una patada en el culo”, pensó Luciana mientras le sonreía. Llegado el crucial momento de tantear el terreno, lo que más temía ella era que esa atmósfera  sensual se derrumbara como los edificios demolidos con explosivos.
-Como quieras. -aceptó él con otra sonrisa.
Le llevó las muñecas hacia la espalda y las ató con el primer pañuelo. Con el segundo le vendó los ojos. Luciana le sintió caminar a su alrededor, soltarle el sostén al pasar tras ella, apoyar las manos en su cadera y  lentamente terminar de desnudar su sexo y su cola.  El la vio mejor que nunca, irresistible en su entrega, en su cuerpo ansioso por seguir el camino que sugería. No se lo negaría.
Luciana sintió otro cajón abriéndose y un tercer pañuelo, esta vez en su boca. El la amordazaba.
-        Si no te gusta, dime que no con la cabeza en cualquier momento y me detendré y te soltaré. En caso contrario, no te contaré sino que te demostraré lo que quería que supieras de mí, mi parte más apasionada, mi parte dominante.
Así lo hizo, ante la estremecida Luciana, que mezclaba en sus gemidos excitación, agradecimiento, sorpresa. Cuidó bien que ninguno de sus movimientos se pareciera siquiera a un “no”. Sintió las manos de su amado haciéndola suya, tomando posesión de cada zona íntima, estimulándola a voluntad, dueño él del placer de ella y del momento en que la dejaría correrse. Los mismos labios que besaban su cuello le susurraban al oído en un tono cada vez más atrevido. Si, ella sería su sumisa, su perra, su puta, sobre todo, suya. Eso le afirmaba con la cabeza al tiempo que experimentaba la pasión con que él la penetraba desde atrás.
Una vez rendida al placer y a su destino, él soltó sus ataduras, las de sus manos y las de su alma; estas últimas para siempre.
Recostados, unidos en un abrazo, unieron también sus miradas, viéndose ya de otra manera.
-        Y pensar...-dijo él- que me preocupaba la posibilidad de que te alejaras cuando lo supieras. De ahí que quisiera pasar del kamasutra al bondage, luego proponerte el bdsm. Tal vez de manera inconsciente vimos algo en el otro y por eso nos sentimos atraídos desde el principio.
-         Yo también te lo hubiera revelado antes -dijo Luciana- pero te veías tan  respetuoso, tan educado y caballero...
-        Mi estimada sumisa...-comenzó su respuesta él mientras le besaba los pechos, pues de toda ella dispondría a voluntad.-Has dado pocos pasos y hay para ti mucho más que voy a hacerte vivir, pues no pienso privarte de cada forma en que te haga sentir felizmente mía. Claro que cuido bien de mi más preciada posesión, sin dejar por eso de ser tan caballero como apasionado. Es que así somos los dominantes.

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