miércoles, 13 de junio de 2012

Entrega ( 4 )




Elisa


Yo tenía todo el control. Eso me enloquecía de placer, y paradójicamente, me acercaba al punto a la vez atractivo y peligroso donde sentía que empezaba a perder ese control. Era tan embriagadora la sensación de tener el cuerpo, la voluntad, el alma de mi sumiso en mis manos... y al mismo tiempo yo me convertía en esclava temerosa y obediente de mis deseos más profundos y más largamente guardados. Mis palmas golpeaban con fuerza sus nalgas, mis garras de súcubo ardiente se clavaban en su carne, arrancándole gemidos alternados de dolor y de gusto.

Mis dedos se cerraron alrededor de sus testículos.

-¿A quién perteneces, perro?

A ti.

Apreté un poco y le en arranqué un agudo gemido.

Supongo que quieres decir, “A ti,Mi Señora”.

Si, a ti pertenezco...Mi Señora.

Recosté mi espalda contra el colchón y sosteniéndolo sobre las nalgas, comencé a mover mi cintura para controlar la penetración a mi gusto y mi ritmo. La escena no era menos salvaje e instintiva que el apareamiento escandaloso de dos gatos en celo. No pensaban que pudieran escucharnos más allá de esas cuatro paredes , ni me preocupó tal posibilidad, aunque de haberlo pensado en ese momento es posible que la idea contribuyera también a alimentar mi excitación.

Apoyé uno de mis dedos sobre su ano y lo deslicé suavemente desde la base hasta la yema, rodeé la entrada ni en círculosy espirales como los de un tiburón al acecho. Me encontré de pronto a las puertas de un límite, y con su mirada sobre un hombro. El pensaba lo mismo que yo.

Volví a mover mi cintura como clavando en mí ser su enorme y cálido puñal de carne, como en un sacrificio ritual a la diosa del amor. Ese momento de decisión eliminó temporalmente cualquier idea de mi mente y me inundó de tal éxtasis, que ningún orgasmo anterior se podía comparar. Cada célula de mi cuerpo gritaba llena de vida. La descarga de plenitud parecía levantar mi cuerpo en el aire como si no pesara, frenar el tiempo hasta un momento de eternidad, elevar mi alma y luego dejarla caer suavemente dentro de mi cuerpo relajado y mi mente rebosante de felicidad.

Mi nombre cambió de posición para tomarme en un abrazo. Su expresión combinaba el placer con algo de sorpresa y en menor medida, reproche. Yo estaba profundamente agradecida a quien entregaba a mi con amor y confianza. En mi caso, no podría haber vivido la misma experiencia más que con ese marido ,compañero y amante, con quien no había secretos sino diálogos. Eso era precisamente lo que nos esperaba, ambos lo sabíamos. Nos parábamos ante nuevos límites. Lo que hubiera más allá, lo descubriríamos juntos.




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