martes, 8 de mayo de 2012

Entrega ( 2 )






Elisa


Tal vez los momentos más difíciles sean los primeros, los momentos de la revelación. En esos momentos en que me desnudo más que nunca, pues desnudo el alma y mostrándola tal como es digo: ésta soy yo. Se lo muestro a la persona que más me importa, a quien elegí para compartir mi vida y mis sentimientos más íntimos. Podía mostrar seguridad, pero temblaba por dentro, porque no se trataba de cualquier persona con quien me diera lo mismo que me acompañe o no, que pueda pensar que estoy loca, o que no está preparado para afrontar esa circunstancia. Necesitaba ser plenamente yo, sin esconderme de mi misma ni de mi hombre, ser aceptara y acompañada en este camino de autodescubrimiento y realización mutua.
No me equivoqué con Andrés. Incluso después de ese momento tan especial, mientras dormía plácidamente a mi lado, uno de sus brazos aún estaba sobre mi, en un abrazo cálido y protector. Lo besé con ternura y cerré los ojos también mientras pensaba en los elementos que habíamos comprado juntos.  
Dias antes, estábamos sentados juntos frente a la PC, él me tomaba de la cintura pasando su brazo izquierdo  por mi espalda. El sitio web era el de un sex-shop, con una gran variedad de artículos presentados con sus fotos y sus  descripciones. Yo elegía  un elemento, luego él elegía otro, cada elección era una sorpresa , pues así era más entretenido. Cuando elegí las esposas de cuero pusimos en práctica  nuestro lenguaje de miradas. Si, me gustaría usarlas con él, y si, le resultaba inesperado, pero él me seguiría a donde yo quisiera ir. Con las siguientes elecciones sentía que incrementaba la apuesta, lo cual me inquietaba y a la vez  deseaba. Bajé la vista por un momento, con preocupación por lo que vería en sus ojos, y me encontré entonces con el abultamiento bajo su pantalón.  Sonreí aliviada y excitada: su miembro nunca miente ni oculta lo que siente.
Lo besé a mi mismo tiempo que una de mis manos se apoyaba  sobre su pantalón. Jugamos con nuestras lenguas mientras abría su cinturón y bajaba su cierre. Caímos sobre la alfombra mientras seguíamos quitándonos las ropas. Llevé sus muñecas hasta juntarlas más atrás de su cabeza. Encontré algo de resistencia al principio, pero me mantuve firme, y aunque él tuviera más fuerza, también tenía curiosidad y confianza. Lo besé en el cuello y llevé mis labios y lengua hacia su oído,  donde lo excité de tal manera que ya no podía sujetarlo,  estaba fuera de control, dispuesto a liberar toda su pasión dentro de mi,  lo cual me excitaba aún más. Me senté sobre mi brioso corcel y su miembro tan firme entré en mi ser con sensaciones que me penetraban hasta el alma. Sus manos tomaron mis pechos,  sus dedos juguetearon hábilmente con mis pezones  firmes. No sé si mis gritos habrán sido contenidos por aquellas paredes y realmente tampoco me importaba.

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Ahora habíamos dado un nuevo paso, habíamos puesto en práctica en nuestras fantasías hasta ese momento guardadas casi con preocupación. ¿Qué venía ahora? Eso me preguntaba cuando me desperté y me encontré sola. Me levanté preocupada buscando a Andrés. Lo encontré en medio de la sala de estar , en un giro inesperado que respondía mi pregunta y  habría otras. Allí estaba él, realizando uno de sus ejercicios de yoga,  parado sobre un pie,  concentrado y con los ojos entrecerrados,  completamente desnudo.
Sus músculo se notaban bien tonificados, su miembro incluso en reposo dejaría en ridículo a las esculturas griegas. Su rostro joven, atractivo y sereno, completado una imagen que me atraía de manera  irresistible. Ya empezaba a sentirme húmeda al rodearlo y observar también sus nalgas y su espalda. De nuevo frente a él, acaricié su pecho. Andrés me abrazó y me besó.
-          Te amo.- me dijo.- De manera incondicional. Dime lo que deseas y te demostraré que eres lo más importante para mí.
-          Ponte de rodillas, mi sumiso.- le dije.
Sin pensarlo dos veces, se arrodilló, tomó mis nalgas y besó mi sexo. Entonces dijo:
-¿Qué más deseas, mi Señora?


 


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