viernes, 27 de febrero de 2009

Educación sensual

“Prepárate para salir al mundo”, decía el anuncio en la entrada. Las rejas, las cámaras de seguridad, los sensores de movimiento y los guardias protegían esa universidad privada de cualquier peligro del mundo real. Dentro de la fortaleza de cristal y fibra óptica no había frio, ni calor, ni suciedad, ni desorden.

A las 6.30 de esa mañana la entrada se abrió para Laura como por encanto de su figura sensual. Con rejas o sin ellas, no había puertas que se le resistieran. Los guardias saludaron a la profesora y siguieron con la vista el balanceo de las caderas mientras soñaban con lo inalcanzable. Hasta su sombra era provocativa, exagerada por los caprichosos ángulos de las luces, mientras que el sonido de sus tacos se colaba en los oídos y les sugería atrevidas fantasías.

Tras subir al primer piso, se cruzó con un colega. Carlos, profesor de la carrera de marketing, tenía un cuerpo que se vendía solo. Su mirada se posó sobre la de ella, siguiendo sus delicadas curvas, desnudándola. Se saludaron con un beso, un momento que pareció largo y en que cada uno absorbió la esencia del otro: piel, cabello, la loción de él tras afeitarse, el perfume de ella.

Laura siguió por el pasillo casi vacío, dobló antes de la oficina del rector, la del fondo, entró en el departamento de ciencias sociales y dejó su cartera sobre el escritorio. Sintió la puerta que se cerraba tras ella y la llave que daba dos vueltas. Percibió en su nuca un aroma familiar, mientras las manos la tomaban por la cintura y subían hacia los senos. Los cabellos largos y ondulados se posaron sobre los de Laura. Esos otros labios besaron su hombro, su cuello, y susurraron al oído: “Te extrañé mucho. ¿Cómo te fue en el congreso?”



Laura vio en el reflejo del monitor apagado la imagen de Noelia, su colega y amante, muy buena en ambas facetas. Le tomó una de las manos, llevó otra hacia atrás hasta alcanzar la cintura y la cola de su pareja. “fueron días interesantes, pero me sentía incompleta”. Se volteó y se besaron con el apetito de quien no había probado esos dulces labios en mucho tiempo.



Se desnudaron una a la otra. Noelia barrió con un brazo cuanto había en el escritorio y empujó suavemente a Laura sobre el mismo. Le tomó las muñecas y se las junto más atrás de la cabeza. Mientras la sujetaba suavemente, la comía a besos. Envió con destreza los labios y la lengua a estremecer cada rincón de piel que ya había conquistado y que conocía como suyo. Incluso su piel y su cabello rozaban las teclas del placer de manera precisa. Navegando desde los oídos hasta el cuello y los pechos de Laura, avivó su fuego interno. Al actuar sobre sus pezones erectos, y deseosos, la hizo sentir fuera de este mundo, muerta de amor por la mujer por quien se dejaba saborear.



Cuando Noelia la soltó, Laura se ubicó encima, en una posición 69 donde todo era dar y recibir pasión, deseo que ardía y se alimentaba a sí mismo sin límites. Las dos almas se sintieron unidas en un delicioso maremoto de placer, tras el cual pasaron unos minutos abrazadas, susurrando declaraciones de amor.

Una vez vestidas, se prepararon para comenzar un nuevo día de clases, uno más y uno especial, pues desde ese momento, el escritorio les traería buenos recuerdos. Laura salió al pasillo, saludó al rector, que ya había llegado, y se cruzó con Carlos, que pensó “que buena que está”. El se fue hacia su clase, pensando en alguna estrategia para seducirla mientras el rector lo seguía con la mirada y pensaba “qué bueno que está”. Noelia casi no fue notada al salir con su mejor sonrisa. Tenía perfil bajo, tal vez por eso nadie imaginaba que era quien mejor sabía querer a Laura.


Jorge Fénix


miércoles, 11 de febrero de 2009

Sin cita para el deseo


Imagen: jon gos


-Relájate. –le dije. –solo ponte en mis manos.
Así lo hizo ella mientras el agua comenzaba a correr, mojando sus cabellos.
Mi trabajo no solo pasa por peinar o cortar el cabello a las damas. Mi real misión consiste en hacerlas felices, tratarlas como reinas, hacerlas sentir bien. Renovar su imagen exterior para hacer brillar su interior.
Una clienta bien tratada siempre vuelve. Ese fue el caso de Noelia, quien volvió apenas en una semana. Aun cuando no tenía cita, la hice pasar a una sección apartada para atenderla yo mismo, como ella solicitaba. No suelo negarle a una clienta lo que esté en mis manos ofrecerle.
Mis manos comenzaron a lavar sus cabellos con una combinación de suavidad y pericia. Los dedos impregnados de shampoo y espuma actuaban sobre el cuero cabelludo acariciando y masajeando áreas sensibles, áreas mas susceptibles de placenteras sensaciones de lo que muchos creen.
-¿Cuál es la ocasión especial?- le pregunté
-Un encuentro con alguien que me vuelve loca.
-¿Es guapo?
-¡Si…mucho!
Sus manos subieron hasta que tomaron las mías. Al bajar depositaron algo de agua sobre su cuello. Las gotas se deslizaron hacia sus pechos como un conjunto de largos y finísimos dedos, atrevidos conquistadores que no se detenían ante nada. Ella cerró los ojos y comenzó a desabotonar su blusa.
-¡No pares!-exclamó.
Mis manos terminaron de trabajar en su cabello. Mientras tanto, sus manos bajaron y retiraron su falda como si hiciera demasiado calor para llevarla puesta. Ella podía percibir mis reacciones por el contacto de mis manos. Ambos lo sabíamos. Lo notaba todo, primero mi sorpresa, luego mi creciente excitación. Abrió sus verdes ojos y comprobó en el reflejo del espejo el resultado de sus acciones : el abultamiento de mi pantalón, mi nueva manera de mirarla, la inminencia de mi próximo movimiento, puesto que desde allí, la iniciativa seria mía.
Mis manos bajaron hacia sus pechos desnudos. Los tomé, los hice míos. Estimulé con mis dedos sus pezones. Mis labios recorrieron su cuello, y al oído le susurré hablándole sucio, diciéndole lo que haría. Ella aprobó con la expresión de placer de quien prueba algo nuevo, sabroso, que le gusta.
Ya frente a ella, abrí sus piernas, degusté su humedad, subí hasta besarla en la boca. La invité a dar rienda suelta a su deseo con mi robusto y endurecido asistente. Sus manos y sus labios hacían maravillas. Sin detenerse allí, seguían con la intención de recorrer mi cuerpo entero.
La hice mía en una escena multiplicada por los espejos: dos amantes, cuatro, ocho. Cuerpos unidos por una pasión que aumentaba más y más hasta el clímax. Confusión y superposición de gemidos que nos acompañó hasta el final.
Ya vestida y con el cabello seco, se veía diferente. Tal vez no por el cabello en sí, sino por su expresión completamente renovada, con nuevos ánimos. Con un largo y tierno beso se despidió hasta la próxima ocasión. Sin cita, pues estas cosas no tienen horario ni agenda. Su deseo le dirá cuando. Yo me ocuparé del resto.

Tigris


 

Reino de las letras sensuales © 2008. Design By: SkinCorner