viernes, 9 de enero de 2009

Noche de sabor rioplatense

“Sorprendéme”, había sido la consigna, tal vez de él, tal vez de ella, a la cual el otro había replicado “los dos, sorprendéme vos también”. Así fue como él llegó con la bolsa de su secreta compra cuando ella lo esperaba para su especial cena. Los labios de ambos se unieron, sedientos uno del otro, el abrazo parecía el de quienes se encontraban después de mucho tiempo. Así era en algún modo, porque cada uno estaba por encontrarse a sí mismo y compartir esa experiencia con la persona más importante de su vida. Se desnudarían más que nunca, en cuerpo y alma.

Ella le vendó los ojos, besó su oído y le susurró en tono sensual….

-Te preparé una cena inolvidable.

Lo tomó de ambas manos con ternura y lo llevó despacio hasta la cocina, donde lo sentó en una silla, le abrió dos botones de la camisa mientras le daba nuevos besos. Deslizó las manos despacio desde los hombros de él hasta las muñecas y se las llevó hacia atrás para atarlas con un pañuelo.



El se dejó llevar mientras la imaginación, junto con la voz de su esposa, le sugerían una y mil cosas, todas muy excitantes. Cuando ella le acarició el cabello y le quitó la venda, él la vio caracterizada para la ocasión: vestida únicamente con un delantal de cocina, el cual apenas cubría su sexo y muslos al frente. Las caderas de su mujer se movían de manera muy sugestiva, giraba despacio para dejarse ver desde todos los ángulos, jugaba con su cabello, y tras llevar a la boca algunos de sus dedos, los deslizaba sobre sus propios pechos. Las piernas eran dos hermosos pilares de feminidad, rematadas por una cola beneficiada por la juventud y el ejercicio.

Ella se acercó despacio como una fiera al acecho y bien decidida. Apoyó un pie sobre el pecho de él. Terminó de abrirle su camisa y luego su pantalón, dejando a la vista el erecto y robusto resultado de sus sorpresas. Sin pérdida de tiempo, procedió a colocar crema sobre sus propios pechos, sobre el de su esposo, y más abajo, más y más, sin limitarse, como desinhibida decoradora de tortas. Primero dejó probar a su esposo, luego lo probó a él, cada centímetro de su masculina intimidad excitada, saboreando sonoramente, sorbiendo cada gota de clímax, como una vampiresa necesitada de energía vital.

Cuando lo soltó, él la sentó sobre la mesa. Abrazados de nuevo, se dijeron mucho con sus besos. Él le señaló la bolsa. Ella miró dentro y sonrió.

-Te espero en el living, mi percanta. – la besó de nuevo. – Voy a poner la música.


Cuando ella se presentó, el primer tango ya comenzaba a sonar. Vestía la lencería erótica color blanco que él le había comprado, los zapatos con tacos y el cabello recogido bajo un sombrero. Él, con sus zapatos, su pantalón oscuro y su pecho desnudo, hizo una señal con la cabeza para llamarla a bailar. Los ojos y los labios se encontraron muy cerca. La sorprendió con los nuevos movimientos que había aprendido, con su manera clara y segura de llevarla. Ella se lució dibujando figuras con sus pies, girando alrededor de él, elevando una pierna que bajó lentamente, rozando el cuerpo de su hombre. Él coronó el momento final de un tema con un apasionado beso. Arrancó su pantalón de un solo tirón, pues para eso había sido diseñado. Los zapatos quedaron por el camino mientras la llevaba hacia el sofá y la seguía dirigiendo, esta vez hacia las más diversas posiciones. El tango flotó sobre otros sonidos más personales. Como todo final es un nuevo principio, ocurrió que en algún momento, cuando un CD-ROM finalizaba, una unión más fuerte que nunca renacía.

Jorge Fénix




 

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