lunes, 22 de junio de 2009

Baño de luna



Seductora, junto a la piscina,
luces tu desnudez bajo la luna llena.
Baña tu cuerpo suave lluvia de verano,
corren las gotas por tu cuerpo de sirena.

Ni mito ni ilusión, real hembra hermosa,
cautivas mis sentidos con tus formas.
Cierras los ojos, pechos hacia arriba.
Abres las piernas. Con suave voz me nombras.

Ardiente y excitado entro en tu juego,
ya mi virilidad al cenit se alza.
Avanzo cual guerrero con su lanza,
pues tu sensualidad prende mi fuego.



Juntos nos bañamos en la noche,
empapados de agua y de deseo.
Abrazándome, con besos y caricias,
rodeas mi cuello mientras te poseo.


sábado, 13 de junio de 2009

Acróstico de amor y pasión


Imagen:jmsuarez


Bailando para mí, desnudas tu silueta.
Enciendes mi deseo de poseerte.
Sin prisas más con ansia yo procedo.
Atraigo a mí tus pechos porque quiero,
Recorrerte con mis labios lentamente.

Tersa anatomía de princesa,
Umbral de innumerables fantasías,

Pasando aquella cálida frontera,
Impetuoso explorador fornido envío.
Entra al húmedo reino que le espera,
Laberinto de pasión que hago mío.

lunes, 18 de mayo de 2009

Ars nova


Cada tarde lo dibujaba tal como lucía en el estudio, a la vista de todas, con ese cuerpo bien trabajado, con esa semi-oculta virilidad que despertaba mis apetitos más inconfesables. Cada noche lo recreaba en mis sueños, rompiendo la distancia que lo separaba de mi sexo húmedo y solitario. Allí, en mis sueños, no había compañeras ni ex esposo, solo él y yo.
Soñaba más y más con romper su indiferencia de modelo, hacer que me vea como mujer y amante, deseable e irresistible, que mi piel sea su tela y mi cuerpo el destino de sus artes amatorias. Así fue como decidí llamar a una compañera, y otra, y otra más. Les informé que él no podría asistir, según me había dicho en su llamada, y que transmitan a las demás la novedad y sus disculpas.
Él llegó temprano, y teniéndolo para mi sola, pensaba aprovechar cada minuto antes de que comenzara a hacer preguntas. Se sentó sobre un banco y se inclinó hacia mí. Sus ojos examinaron mi cuerpo sin prisa ni disimulo. Sonrió y se quitó la camiseta, dejando expuesto su pecho varonil. Abrió el botón de su pantalón, sin bajar el cierre. Por debajo se notaba un tesoro que aún oculto ya lucía prometedor.
-¡Paula! – me llamó.- Ven aquí.
Me sentó sobre él y me rodeó con su abrazo.
-Tengo un par de cosas que decirte. La primera…- susurró a mi oído-…es que he soñado contigo, y quiero hacer mi sueño realidad.
Levantándome por un momento, abrió su bolso con la lentitud y sensualidad con la que luego bajaría su cierre. Sacó del mismo las pinturas específicas para body-painting.
-Ábrelas. –me dijo.
Comenzó a quitar mis ropas y las suyas mientras yo convertía mis dedos en pinceles. Tras hacer él lo mismo, nuestro abrazo trazó las primeras líneas. El ilustró mis nalgas, mis muslos, mis pechos….la periferia de mi sexo y mi vientre con diestras caricias coloridas. Yo improvisé mi arte sobre su pecho, sus abdominales, su erguida lanza, que pronto ofrecía más y más espacio para la pintura de guerra. Al hacerme suya, practicamos varias artes a la vez sobre la tarima del estudio, un espectáculo de posiciones y movimientos que sería estremecedor, incluso contagioso, de no ser tan íntimo e irrepetible.
No sé cuánto tiempo permanecimos abrazados tras alcanzar el clímax, comunicándonos solo con nuestros besos. Con una sonrisa me recordó que tenía otra cosa que decirme.
-Me llamó una de tus compañeras. Le confirmé que hoy no podía venir, como “te había informado”. Supe entonces que el momento de la pintura había llegado. ¿Quieres saber qué otra cosa he soñado?
Mi respuesta no se hizo esperar. Esta noche lo sabré. Solo resta caminar unos pasos más, llamar a su apartamento, anunciarme como su modelo. Esta parece una noche ideal para hacer los sueños realidad.


Jorge Fénix

lunes, 27 de abril de 2009

Deseo en las alturas




Desde mi ventana, en el último piso, tengo la sensación de que puedo ver el mundo. Sin embargo, no es todo el mundo lo que me interesa. Es mi sensual vecina quien despierta y aviva inconteniblemente mi deseo. Su edificio está frente al mío.
Como cada viernes, regresa a la misma hora del trabajo y se pone cómoda. Se suelta el cabello, oscuro, con todas sus ondas, el cual parece caer como en cámara lenta sobre sus hombros y su espalda. En esos momentos imagino mis dedos masajeandola, arrancándole suspiros de alivio y de placer. Mis labios besan sus hombros, recorren su cuello, reconocen el lóbulo de una oreja, mientras que la abrazo por la cintura y mis manos suben hacia sus pechos. En esos momentos que imagino, ella cierra sus ojos, se relaja, y se deja llevar.

Lo próximo que se quita es la blusa; se la saca despacio, seguida de la falda. Su ropa interior cae sobre la cama. Se examina frente al espejo. Mis manos aprietan con fuerza los prismáticos. Sigo la escena a través de ese estrecho campo visual. Las lentes aumentan con detalle el objeto de mi deseo. No es lo único que siento que aumenta.
Su cuerpo se balancea despacio al ritmo de la música de fondo. Sus manos se deslizan sobre la piel como lo harán las mías de estar ahí. Acaricia sus contornos, sus pechos, sus muslos. Estimula su sexo mientras la expresión de su rostro retrata su placer. Da la espalda al espejo y veo al mismo tiempo su maravilloso frente y su retaguardia reflejada.

Mi estimado amigo, mi compañero de tantas aventuras, no aguanta más, ya no cabe en el pantalón, debo abrirlo. De pie, en toda su extensión, contempla como petrificado la imagen de tan sensual hembra. Ella alza la vista y mira directamente hacia mí. La primera vez que lo hizo no pude dormir en dos días. Ahora, en cambio, es uno de mis momentos favoritos. Ella toma sus propios prismáticos. Al mirar, su lengua asoma y se relame como una gata golosa.
Vuelve a tomar su blusa y su falda, dejando la ropa interior. Como cada viernes, desde hace un tiempo, viene una vez más a mi encuentro. Cuando llame a la puerta, mi amigo y yo iremos a recibirla. Le daremos una buena acogida.


Tigris

viernes, 27 de marzo de 2009

Nota íntima




Mi amor: cuando pienso en ti toda mi existencia adquiere propósito. Los desafíos cotidianos parecen más simples. Siento la corriente de energía que me hace consciente de cada parte de mi cuerpo, la vida misma sentida plenamente.
Me encanta tu manera de quererme, de besarme como nadie lo haya hecho, de ser muchas mujeres en una, muchos roles que coinciden en la voluntad de complacerme. Tus dedos abriendo mi camisa son un equipo de sensuales artistas. Tus uñas se deslizan sobre mi piel como siguiendo los meridianos de energía con milenaria sabiduría. Abres mi cinturón, mi cierre, y la puerta al placer maravillosamente. No sé qué le susurras a mi viril amigo antes de besarlo, tan bajito que yo no lo oigo, pero él si te oye y despierta en toda su extensión.
Amo nuestro lenguaje de monosílabos y exclamaciones, tus apasionadas cabalgatas sobre éste, tu fiel corcel, tu piel contra la mía en las más variadas posturas. Como puedes ver, he preparado nuestro cuarto con todos los detalles: los colores, la iluminación, la rosa junto a esta carta. Cada pista que te dejé desde la entrada te condujo hasta aquí mientras yo esperaba en silencio.
Como ya habrás notado en el espejo, te observo ahora desde la puerta. No te voltees aún. Cuando llegues a estas últimas líneas, me sentirás entrando a la habitación. Mi loción llegará a ti un segundo antes que mis manos. Besaré tu cuello, te abrazaré desde atrás, comenzaré a retirar tu ropa. Mi cuerpo ya viene al encuentro con el tuyo.

Tigris

sábado, 14 de marzo de 2009

Amante a la antigua


No hay que subestimar los filmes en blanco y negro. Se filmaron grandes obras de arte con solo dos colores y sin efectos especiales ni coreografía de artes marciales. Los caballeros miraban a los ojos, con una mirada imposible de ignorar, abrazaban con pasión, besaban como para dar clases de artes amatorias.

Yo no conocí a mi pareja pasando horas en un chat, pues nadie que valga la pena conocer se encuentra allí, entre pervertidos, idiotas y vagos aburridos. No mando mensajes de texto diciendo “t kiero” o “I lv 2”, porque lo digo mirando a los ojos y lo sello con un beso. Como decía, la conocí de a poco, con cada día de clase, con el efecto acumulativo de saludos, miradas, la esencia de su perfume, el encanto de su voz, su etilo personal de ser y de vestir.

Me acerqué mientras una parte mía temblaba y quería huir. Era más fuerte el amor que el temor al rechazo. Además, si se siente la adrenalina fluir y el corazón latiendo, es por estar plenamente vivo, sin encerrarse tras murallas de soledad demasiado seguras. Me acerqué cada vez más a su vida, a su tiempo libre, a sus sentimientos, en un proceso de mutua influencia que desnudó nuestras almas. Eventualmente llegamos a crear la confianza y el ambiente propicio para nuestra intimidad, esa noche daríamos el primer paso hacia ese terreno en común, solo nuestro.

Aquella noche practicamos el inglés con un tema que yo mismo había elegido: escenas de cine. El libro que compré tenía las fotos de los amantes, muchas en blanco y negro; y los diálogos en su idioma original y su traducción. Puse la música del filme Robin Hood: “Todo lo que hago lo hago por ti”. Tomé una de sus manos. Ella Sonrió. Pasó de la sorpresa y la ternura a una actitud seductora que se sumó a la mía.

“Vivamos nuestra propia historia de amor”- le dije- “seamos directores y protagonistas”. La besé. Me miró mientras sus brazos rodeaban mi cuello con cariño. “vamos a tener que repetir la escena”- dijo-“hace falta más acción”. Me levanté y mis manos la trajeron hacia mí. Nos desnudamos uno al otro entre beso y beso. Yo tomé suavemente su cabello y la besé en sus labios, su cuello, un oído. La otra mano bajaba explorando su piel hasta tomar una de sus nalgas, sentir su consistencia, avivar aun más su excitación. Ella de apoderó de mi ya firme y robusto miembro viril, lo sintió fortalecerse y elevarse aun más entre sus dedos, los cuales subían y bajaban a lo largo del mismo. Su mirada me proyectaba la excitación que ella sentía. Del volcán entre sus piernas manaba el fluido resultante de su ardiente deseo. Su fuego y el mío estaban totalmente encendidos. La amé sobre la mesa, dejando caer libros, sintiendo otros en la espalda. Practicamos variadas posturas del amor, vimos nacer nuevas expresiones en el lenguaje de la pasión. Ardimos, cabalgamos, volamos juntos. Inauguramos nuestro nuevo y personal espacio: el de nuestra intimidad.

Una vez calmada la pasión, solo temporalmente, nos unimos en un tierno beso como en las películas, solo que este no marcaba el final de una historia, sino apenas su principio.


Jorge Fénix


viernes, 27 de febrero de 2009

Educación sensual

“Prepárate para salir al mundo”, decía el anuncio en la entrada. Las rejas, las cámaras de seguridad, los sensores de movimiento y los guardias protegían esa universidad privada de cualquier peligro del mundo real. Dentro de la fortaleza de cristal y fibra óptica no había frio, ni calor, ni suciedad, ni desorden.

A las 6.30 de esa mañana la entrada se abrió para Laura como por encanto de su figura sensual. Con rejas o sin ellas, no había puertas que se le resistieran. Los guardias saludaron a la profesora y siguieron con la vista el balanceo de las caderas mientras soñaban con lo inalcanzable. Hasta su sombra era provocativa, exagerada por los caprichosos ángulos de las luces, mientras que el sonido de sus tacos se colaba en los oídos y les sugería atrevidas fantasías.

Tras subir al primer piso, se cruzó con un colega. Carlos, profesor de la carrera de marketing, tenía un cuerpo que se vendía solo. Su mirada se posó sobre la de ella, siguiendo sus delicadas curvas, desnudándola. Se saludaron con un beso, un momento que pareció largo y en que cada uno absorbió la esencia del otro: piel, cabello, la loción de él tras afeitarse, el perfume de ella.

Laura siguió por el pasillo casi vacío, dobló antes de la oficina del rector, la del fondo, entró en el departamento de ciencias sociales y dejó su cartera sobre el escritorio. Sintió la puerta que se cerraba tras ella y la llave que daba dos vueltas. Percibió en su nuca un aroma familiar, mientras las manos la tomaban por la cintura y subían hacia los senos. Los cabellos largos y ondulados se posaron sobre los de Laura. Esos otros labios besaron su hombro, su cuello, y susurraron al oído: “Te extrañé mucho. ¿Cómo te fue en el congreso?”



Laura vio en el reflejo del monitor apagado la imagen de Noelia, su colega y amante, muy buena en ambas facetas. Le tomó una de las manos, llevó otra hacia atrás hasta alcanzar la cintura y la cola de su pareja. “fueron días interesantes, pero me sentía incompleta”. Se volteó y se besaron con el apetito de quien no había probado esos dulces labios en mucho tiempo.



Se desnudaron una a la otra. Noelia barrió con un brazo cuanto había en el escritorio y empujó suavemente a Laura sobre el mismo. Le tomó las muñecas y se las junto más atrás de la cabeza. Mientras la sujetaba suavemente, la comía a besos. Envió con destreza los labios y la lengua a estremecer cada rincón de piel que ya había conquistado y que conocía como suyo. Incluso su piel y su cabello rozaban las teclas del placer de manera precisa. Navegando desde los oídos hasta el cuello y los pechos de Laura, avivó su fuego interno. Al actuar sobre sus pezones erectos, y deseosos, la hizo sentir fuera de este mundo, muerta de amor por la mujer por quien se dejaba saborear.



Cuando Noelia la soltó, Laura se ubicó encima, en una posición 69 donde todo era dar y recibir pasión, deseo que ardía y se alimentaba a sí mismo sin límites. Las dos almas se sintieron unidas en un delicioso maremoto de placer, tras el cual pasaron unos minutos abrazadas, susurrando declaraciones de amor.

Una vez vestidas, se prepararon para comenzar un nuevo día de clases, uno más y uno especial, pues desde ese momento, el escritorio les traería buenos recuerdos. Laura salió al pasillo, saludó al rector, que ya había llegado, y se cruzó con Carlos, que pensó “que buena que está”. El se fue hacia su clase, pensando en alguna estrategia para seducirla mientras el rector lo seguía con la mirada y pensaba “qué bueno que está”. Noelia casi no fue notada al salir con su mejor sonrisa. Tenía perfil bajo, tal vez por eso nadie imaginaba que era quien mejor sabía querer a Laura.


Jorge Fénix


miércoles, 11 de febrero de 2009

Sin cita para el deseo


Imagen: jon gos


-Relájate. –le dije. –solo ponte en mis manos.
Así lo hizo ella mientras el agua comenzaba a correr, mojando sus cabellos.
Mi trabajo no solo pasa por peinar o cortar el cabello a las damas. Mi real misión consiste en hacerlas felices, tratarlas como reinas, hacerlas sentir bien. Renovar su imagen exterior para hacer brillar su interior.
Una clienta bien tratada siempre vuelve. Ese fue el caso de Noelia, quien volvió apenas en una semana. Aun cuando no tenía cita, la hice pasar a una sección apartada para atenderla yo mismo, como ella solicitaba. No suelo negarle a una clienta lo que esté en mis manos ofrecerle.
Mis manos comenzaron a lavar sus cabellos con una combinación de suavidad y pericia. Los dedos impregnados de shampoo y espuma actuaban sobre el cuero cabelludo acariciando y masajeando áreas sensibles, áreas mas susceptibles de placenteras sensaciones de lo que muchos creen.
-¿Cuál es la ocasión especial?- le pregunté
-Un encuentro con alguien que me vuelve loca.
-¿Es guapo?
-¡Si…mucho!
Sus manos subieron hasta que tomaron las mías. Al bajar depositaron algo de agua sobre su cuello. Las gotas se deslizaron hacia sus pechos como un conjunto de largos y finísimos dedos, atrevidos conquistadores que no se detenían ante nada. Ella cerró los ojos y comenzó a desabotonar su blusa.
-¡No pares!-exclamó.
Mis manos terminaron de trabajar en su cabello. Mientras tanto, sus manos bajaron y retiraron su falda como si hiciera demasiado calor para llevarla puesta. Ella podía percibir mis reacciones por el contacto de mis manos. Ambos lo sabíamos. Lo notaba todo, primero mi sorpresa, luego mi creciente excitación. Abrió sus verdes ojos y comprobó en el reflejo del espejo el resultado de sus acciones : el abultamiento de mi pantalón, mi nueva manera de mirarla, la inminencia de mi próximo movimiento, puesto que desde allí, la iniciativa seria mía.
Mis manos bajaron hacia sus pechos desnudos. Los tomé, los hice míos. Estimulé con mis dedos sus pezones. Mis labios recorrieron su cuello, y al oído le susurré hablándole sucio, diciéndole lo que haría. Ella aprobó con la expresión de placer de quien prueba algo nuevo, sabroso, que le gusta.
Ya frente a ella, abrí sus piernas, degusté su humedad, subí hasta besarla en la boca. La invité a dar rienda suelta a su deseo con mi robusto y endurecido asistente. Sus manos y sus labios hacían maravillas. Sin detenerse allí, seguían con la intención de recorrer mi cuerpo entero.
La hice mía en una escena multiplicada por los espejos: dos amantes, cuatro, ocho. Cuerpos unidos por una pasión que aumentaba más y más hasta el clímax. Confusión y superposición de gemidos que nos acompañó hasta el final.
Ya vestida y con el cabello seco, se veía diferente. Tal vez no por el cabello en sí, sino por su expresión completamente renovada, con nuevos ánimos. Con un largo y tierno beso se despidió hasta la próxima ocasión. Sin cita, pues estas cosas no tienen horario ni agenda. Su deseo le dirá cuando. Yo me ocuparé del resto.

Tigris


viernes, 9 de enero de 2009

Noche de sabor rioplatense

“Sorprendéme”, había sido la consigna, tal vez de él, tal vez de ella, a la cual el otro había replicado “los dos, sorprendéme vos también”. Así fue como él llegó con la bolsa de su secreta compra cuando ella lo esperaba para su especial cena. Los labios de ambos se unieron, sedientos uno del otro, el abrazo parecía el de quienes se encontraban después de mucho tiempo. Así era en algún modo, porque cada uno estaba por encontrarse a sí mismo y compartir esa experiencia con la persona más importante de su vida. Se desnudarían más que nunca, en cuerpo y alma.

Ella le vendó los ojos, besó su oído y le susurró en tono sensual….

-Te preparé una cena inolvidable.

Lo tomó de ambas manos con ternura y lo llevó despacio hasta la cocina, donde lo sentó en una silla, le abrió dos botones de la camisa mientras le daba nuevos besos. Deslizó las manos despacio desde los hombros de él hasta las muñecas y se las llevó hacia atrás para atarlas con un pañuelo.



El se dejó llevar mientras la imaginación, junto con la voz de su esposa, le sugerían una y mil cosas, todas muy excitantes. Cuando ella le acarició el cabello y le quitó la venda, él la vio caracterizada para la ocasión: vestida únicamente con un delantal de cocina, el cual apenas cubría su sexo y muslos al frente. Las caderas de su mujer se movían de manera muy sugestiva, giraba despacio para dejarse ver desde todos los ángulos, jugaba con su cabello, y tras llevar a la boca algunos de sus dedos, los deslizaba sobre sus propios pechos. Las piernas eran dos hermosos pilares de feminidad, rematadas por una cola beneficiada por la juventud y el ejercicio.

Ella se acercó despacio como una fiera al acecho y bien decidida. Apoyó un pie sobre el pecho de él. Terminó de abrirle su camisa y luego su pantalón, dejando a la vista el erecto y robusto resultado de sus sorpresas. Sin pérdida de tiempo, procedió a colocar crema sobre sus propios pechos, sobre el de su esposo, y más abajo, más y más, sin limitarse, como desinhibida decoradora de tortas. Primero dejó probar a su esposo, luego lo probó a él, cada centímetro de su masculina intimidad excitada, saboreando sonoramente, sorbiendo cada gota de clímax, como una vampiresa necesitada de energía vital.

Cuando lo soltó, él la sentó sobre la mesa. Abrazados de nuevo, se dijeron mucho con sus besos. Él le señaló la bolsa. Ella miró dentro y sonrió.

-Te espero en el living, mi percanta. – la besó de nuevo. – Voy a poner la música.


Cuando ella se presentó, el primer tango ya comenzaba a sonar. Vestía la lencería erótica color blanco que él le había comprado, los zapatos con tacos y el cabello recogido bajo un sombrero. Él, con sus zapatos, su pantalón oscuro y su pecho desnudo, hizo una señal con la cabeza para llamarla a bailar. Los ojos y los labios se encontraron muy cerca. La sorprendió con los nuevos movimientos que había aprendido, con su manera clara y segura de llevarla. Ella se lució dibujando figuras con sus pies, girando alrededor de él, elevando una pierna que bajó lentamente, rozando el cuerpo de su hombre. Él coronó el momento final de un tema con un apasionado beso. Arrancó su pantalón de un solo tirón, pues para eso había sido diseñado. Los zapatos quedaron por el camino mientras la llevaba hacia el sofá y la seguía dirigiendo, esta vez hacia las más diversas posiciones. El tango flotó sobre otros sonidos más personales. Como todo final es un nuevo principio, ocurrió que en algún momento, cuando un CD-ROM finalizaba, una unión más fuerte que nunca renacía.

Jorge Fénix




 

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