lunes, 22 de diciembre de 2008

Paradisíaca noche de amor




Habíamos navegado durante horas, lo suficiente para no tener a la vista otros yates ni forma alguna de presencia humana, aparte de mi amada Marisol y yo. Los delfines nos acompañaron parte del camino, moviéndose ágilmente frente a la embarcación. Marisol era una sensual timonel, luciendo un pequeño biquini que dejaba poco a la imaginación. La brisa marina le agitada los cabellos como una caricia de la naturaleza. Echamos el ancla en un sitio remoto, donde una costa solitaria apenas se notaba en el horizonte. Acto seguido, ella se llevó las manos a su biquini para descubrir sus pechos grandes y firmes, con pezones que delataban ya algo de excitación. Una vez retirada la parte inferior, me miró con sus ojos cautivantes, invitándome, y se lanzó al agua.
Nadaba como pez en el agua, su figura buceaba bajo la superficie como un ángel volando en cámara lenta. Al emerger, con sus cabellos mojados y sus pechos a la vista, era la más bella sirena que hubiera visto. Luego de echar la escalerilla que nos ayudaría a subir, me quité mi traje de baño y la acompañé en sensuales momentos de nado compartido, de abrazos, y besos.
El atardecer nos encontró abrazados sobre la cubierta, mientras le declaraba mi amor como la primera vez que lo hice, y su respuesta era aun más tierna y pasional que aquella vez. Al caer la noche lucíamos ropa formal pero cómoda. Su vestido rojo escotado, de falda corta, no tenía debajo más que su piel morena de ensueño. Su mirada atravesaba mi short y mi camiseta sport, y mi miembro sabía y dejaba notar que ella me desnudaba con la mirada. Comimos apenas pequeños bocados de unos platitos sobre la mesa. Ella me daba uno a la boca, yo le daba otro. Ella atrapaba mi mano y llevaba un par de dedos a la boca, yo tomaba una de sus muñecas y la atraía para besarla. Jugábamos con la atracción y la distancia, mientras nuestro deseo crecía y los niveles de libido llegaban a un 9 en la escala Richter, menudo maremoto de hormonas.



La música de fondo nos traía primero la voz de Frank Sinatra con Bono : “I've got you under my skin / I've got you deep in the heart of me” ( te tengo bajo mi piel, te tengo en lo profundo de mi corazón”.
Luego Paul Anka proponía a una dama “Pon tu cabeza sobre mi hombro” y abrazados, siguiendo ese lento y romántico ritmo, Marisol lo hacía conmigo. Nuestros besos nos unían y nos hacían arder cada vez más. Al bajar mis manos para abrazarla por su cola, ella hizo otro tanto conmigo. Nuestras miradas y sonrisas se encontraron. No hacían falta palabras. La música de Enigma, con “Principles of Lust”, nos encontró desnudándonos uno al otro. Yo besando sus preciosos senos, ella apropiándose de mi sexo con suaves y experimentadas manos. Mientras ella bajaba hacia el mismo, yo me sentía subir hacia el firmamento. Mi réplica fue irresistible también, y su cuerpo entero se estremeció de placer bajo mis labios, mientras ella exclamaba y sus manos tomaban mi cabello. En medio del mar podíamos gritar y exclamar cuanto quisiéramos. La forma de la cabina nos sugería adoptar las más variadas posiciones, incluyendo las que no habíamos probado antes, las que por vez primera experimentamos y disfrutamos juntos, arrastrados por el desenfreno hacia nuestro propio y apartado mundo. De pie, una mano levantaba una de sus piernas mientras la hacia mía con su espalda contra la pared. Sentados, cada cual leía la excitación en los ojos del otro. En el suelo, ella cabalgaba sobre mí como una alocada amazona. No había medida del tiempo en ese encuentro de pieles, labios, piernas, sexos excitados y fuegos que se alimentaban mutuamente y ardieron toda la noche sobre el mar.
La luz del amanecer iluminó nuestros cuerpos desnudos abrazados. El agua de un mar casi completamente calmo mecía nuestro lecho suavemente. Mi preciosa Marisol dormía con su cabeza apoyada sobre mi pecho, sus cabellos desordenados recordaban la especial noche vivida. El nuevo día recién estaba comenzando, otro día para pasar juntos. La acaricié con ternura, y como se dice que sucede en los cuentos, desperté a mi princesa con un beso.

Tigris


 

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