miércoles, 7 de octubre de 2015

Laila



Ella está leyendo de pie, desnuda. Luce sus pendientes y sus mejores zapatos. La pequeña chapa al frente de su collar dice “Laila”, el sobrenombre íntimo al que sólo responde conmigo.
Curiosamente se dice “perra” o “puta” como insulto, no como yo se lo suelo decir a ella. Lo que un humano puede aprender y valorar de los canes es la fidelidad, la obediencia, el valor, el hecho de confiar en el instinto, la entrega al macho alfa.
No la llamé puta hasta que se ganó ese elogio. Cuando fue consciente de todo su atractivo, su manera de lucirse para mí, sin vergüenza alguna; el descubrimiento de la sensibilidad de cada región de su piel, la libertad de entregarse por completo a mí porque ese era su mayor deseo, aunque la sociedad le hubiera enseñado otras cosas, y expresar su gozo con sus gemidos, sus posturas, sus palabras de agradecimiento con su mirada baja.
Se bien lo que está leyendo, porque yo lo escribí. Otras personas lo leerán, pero ella primero, se lo ha ganado. Su formación profesional la hace competente para un análisis lo más objetivo posible, y si debiera encontrar defectos y comentármelos con todo respeto, yo no esperaría otra cosa.
La primera vez que la vi también leía una de mis obras. Vestida, por supuesto, en un espacio público. Flotaba en el aire un agradable aroma a café. Estudiantes y profesores conversaban en las mesas sobre los más variados temas, casi en voz baja, aunque la biblioteca de Humanidades se encontraba a menos de 100 metros de allí.

Me llama la atención que no haya en el profesorado de Letras quien no haya leído a Sade o a Bataille. No pretendo compararme, pero me sentí afortunado: la hermosa y reconocida académica me estaba leyendo a mí. Sus cabellos negros recogidos, sus lentes de baja graduación, su vestimenta formal, le daban en aspecto entre sensual e intelectual que yo encontraba excitante.
Me acerqué y recité una de las frases de esa obra:” ¿Por qué lucirás solo un antifaz? No porque cubra, sino porque destaca lo importante. Tus ojos, tus labios, el lenguaje de tu cuerpo, que dice más que tus palabras”.
Ella levantó la vista y me miró un tanto confundida, seguro que le resultaba conocido. Mi foto estaba en la solapa del libro. Sonrió al confirmarlo. “¿Puedo sentarme?”, “Si, por favor”, invitó con un gesto.
“Esto parece una invocación”, bromeó.
“Una feliz coincidencia, aunque no suelo creer en casualidades, sino en causalidades.”
Aprovechó la ocasión para hacerme unas cuantas preguntas sobre mis obras, personajes, técnicas, mientras yo sentía crecer la química entre ambos, en un cambio del tono de voz, el encuentro de miradas sostenidas, los cuerpos ligeramente inclinados uno hacia otro y más cercanos.

“Sé que sonaría muy personal, tú dirás si respondes… ¿En verdad practicas el bdsm? ¿Hay algo de experiencia personal que al menos inspire estas obras?
“Esa no es una pregunta sobre técnica, sino sobre intimidad. Me temo que para ser justo con quienes haya conocido, solo saben sobre mi intimidad quienes la comparten conmigo.”
“En ese caso permíteme hacer conjeturas. Supongamos que si lo haces. Supongamos que yo formara parte de esa intimidad. En ese caso hipotético, me pregunto qué te inspiraría. Qué me harías.”
“Acércate. – acerqué una mano como acariciando una de sus mejillas y susurré al oído.- Desnudarte sería apenas el principio, en tal caso te despojaré de tus máscaras, de quien crees que eres o lo que crees que conoces. Haré aflorar de tu más profundo interior tanto tus mayores inseguridades y prejuicios como los más prohibidos deseos que ni te atreves a confesarte a ti misma. Las fantasías que te harían temer que tú misma te sientas loca, pervertida o reducida a una hembra excitada. Te las haría notar para que te conozcas mejor que nunca, te aceptes, y te sientas orgullosa de lo que encuentres, y tu vida nunca vuelva a ser la misma. Así es de reveladora esa experiencia, como para que la mayoría de las personas prefieran vivir una mentira disfrazada de “normalidad”, sea lo que eso fuere.
Ella tomó una de mis manos. –Acepto.- dijo.- Salgamos de aquí.

En las semanas siguientes noté los cambios tal como se los había anticipado. Desnuda, con los ojos vendados, las manos atadas hacia arriba, sintió las palmadas en la cola, el cubito de hielo en los pechos, las caricias íntimas que la excitarían sin correrse hasta que yo lo permitiera. Sintió mis abrazos para confortarla, mis palabras de ánimo, mis premios y castigos. La vi salir hacia sus clases con su cuerpo previamente pintado con mis dedos, como un grafiti personal que indicaba mi propiedad. Solo ella y yo sabíamos lo que se encontraba bajo sus ropas. En uno de los meses siguientes me confesó que sabía que yo debía presentarme esos días en la Facultad para hablar ante un grupo de estudiantes. Había estado leyendo el mismo libro tres veces en el mismo sitio, y la tercera fue la vencida. Porque a esas obras les faltaba algo, le faltaba ella.
Ya casi termino mi copa de coñac. Ella ha terminado y cerrado el nuevo capítulo. Hago chocar mis palmas y ella viene despacio hasta mi sillón, buscando mis caricias. Es la primera en saber lo que me ha inspirado, en conocer mi nueva obra; mas a mí me gusta pensar que hay otra cuestión mayor, más importante y menos conocida: nuestra feliz relación, esa obra es nuestra, solo nuestra.

viernes, 13 de febrero de 2015

Espontaneidad sumisa









La espontaneidad puede ser tan importante como la creatividad. No pensar demasiado, confiar en el instinto y ser uno mismo. Así lo hizo ella. No tiene un nombre ridículo ni es un personaje de papel, sino una mujer normal que en la intimidad siempre ha sabido liberarse  tanto de sus ropas como de los prejuicios de la sociedad hipócrita.
Tú no eres un  millonario excéntrico ni un maniático  con un pasado traumático en el lado oscuro de la fuerza. Eres un hombre “normal”, si existiera tal cosa, caminando hacia la casa, donde tu sumisa te espera con una sorpresa.
Entras y la encuentras terminando de hacer las labores domésticas, ataviada solo con su delantal. Algunos de sus cabellos con ondas caen sobre la  frente. Sus pechos curvan su única prenda  y se insinúan en parte como en un sensual escote. Gira despacio, en un gesto sensual, y su cola se luce como un precioso presente con un moño encima.
Sonríe, sonríes. Se abrazan. Se besan. Miras esos ojos que te gustan mientras tomas las nalgas con tus manos. No es habitual lo de hoy. Le dices que no tenía que hacerlo sola, pues aun siendo dominante no se te cae la corona por ser limpio, pero ella quería sorprenderte, dedicarse a ti. Hizo de tareas habituales algo especial, para esta ocasión, para este feliz no-cumpleaños.
Debo bañarme, dice. Te pones más cómodo  mientras tanto, preparas un ambiente más acogedor con velas aromáticas y música sensual. Ella sale al rato solo con sus dos toallas, una envolviendo su cuerpo, otra en su cabeza. Le quitas la primera toalla, tanto da si su cabello húmedo aún queda cubierto. Le ordenas echarse boca abajo sobre la cama.
¿Qué me vas a hacer?, pregunta ella, tal vez con curiosidad, o con entusiasmo. No con recelo, pues sabe a quién se entrega.
Voy a aliviar la tensión de tanto trabajo, prometes en un dulce tono, sin mencionar si tu propio día ha sido complicado, eso ya se te olvidará pronto. Comienzas por los hombros, tus palmas acarician, tus dedos identifican tensiones, masajean con habilidad. Tus labios se posan con cariño en varios puntos. Bajas por la espalda despacio, como una lenta corriente de irresistible excitación. Acaricias la cola, la pellizcas, le das un par de palmadas. Abres sus piernas. Trabajas en sus muslos. También los besas y les das cortas lamidas cerca de su sexo.
Luego de llegas a sus pies, le indicas que se dé vuelta. Ojos cerrados. No tiene una venda, pero tampoco los abrirá, chica obediente. Solo se relaja y siente. Las yemas de los dedos comienzan por el cuero cabelludo, la cara, el cuello. Tus labios le siguen.
Sobre sus pechos dibujas círculos y espirales. Los pezones se ponen firmes, los presionas entre tus dedos y tiras un poquito antes de soltarlos.
Sigues bajando, conoces cada rincón y cómo tocarlo o besarlo. Su sexo húmedo te espera, pero no todavía. No te perderías de nuevo esas maravillosas piernas.

Tras el masaje le ordenas que se ponga de costado, puede abrir los ojos. Siente la piel de tu pecho en su espalda, una mano sobre sus pechos, tus besos en el cuello, y sobre todo, cómo la penetras. Le das todo, desde la ternura inicial hasta la muy firme pasión que llena su ser. Feliz ejemplo de acción y reacción.  
Nada de esto estaba planeado. Eso es entrega, mi sumisa, dominación de la vida real, dar y recibir, con un ingrediente de espontaneidad.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Liberada



Luciana tenía claro que ya no quería volver a tener una relación vainilla. Sus primeras experiencias en el bdsm  fueron tan intensas para ella que representaban un antes y después en su vida.
El primer hombre que la dominó la trató con firmeza y autoridad, y ella, tan fuerte en la vida cotidiana, se dejó llevar a nuevas experiencias sintiéndose desnudada en cuerpo y alma, obligada a encontrarse de frente con sus deseos hasta entonces prohibidos.
La profesional de académico lenguaje era en su intimidad la puta de su primer dominante, y se acercaba en sus cuatro patas a traerle el periódico en la boca y descansar a sus pies.  De pie, desnuda y con las muñecas sujetas hacia arriba de su cabeza, cambiaba los pendientes y la cadena de oro por las pinzas en sus pezones, unidas por una cadena, y el collar de cuero. Los azotes en su cola dejaban marcas temporales, mientras se estremecía y se encendía de deseo ante el sonido de sus gemidos amordazados. Si ese trato marcó su piel, mucho más marcó su espíritu, con la diferencia de que esas huellas no desaparecerían.
 De pie, acostada, de rodillas, experimentó  la humillación, el dolor, la dominación, hasta un punto en que la excitación se agitaba en lucha con sus temores y con su antiguo sistema de moralidad. Lo que dificultaba su batalla era librarla sola, pues no tenía con quién hablarlo, descartaba a familiares y ni aún a amigas se atrevía a contarles. Miraba a sus compañeros de trabajo como si sospecharan y en cualquier momento fueran a descubrir su secreto. Le aterraba caminar entre ellos llevando todavía las marcas bajo su ropa.
Su sentido de “lo que debía ser” ganó una batalla, y asustada de sí misma, tomó la decisión de alejarse del bdsm y de aquel primer dominante. Eso creyó lograr temporalmente, pero ¿cómo huir de quien realmente era ahora que lo sabía? Al llegar a gustar del  bdsm, ya no se lo quiere dejar, es una ley tan universal como la gravedad. Le temía a la locura, pero la misma en parte consistía en negar la verdad sobre el propio ser, en no aceptarse o aún peor, forzarse a ser como creía que los demás determinarían “correcto”.
Su nuevo novio era una buena persona, la quería tanto como ella a él. Era dulce y respetuoso, tal vez demasiado. Un caballero culto, puntual, alguien con quien se sentía escuchada, tenida en mucha consideración. Él había viajado para apreciar y conocer culturas, costumbres, comidas, de modo que  apreciaba sinceramente lo bueno que había conocido, y no hablaba de lo que no supiera. Un gesto “atrevido” de parte de él había sido regalarle un libro de posiciones de kamasutra a todo color y proponerle llevarlas a la práctica. Nada mal, pero no bastaba, no llenaba su vacío. Necesitaba algo más. Pertenecer, servir, sentirse sometida. Lo miraba dormido a su lado, apuesto, con unas manos fuertes que nunca le dieron nalgadas, con una atractiva voz que no la llamaba puta ni sumisa.
Antes de dormir él se había puesto serio, le había hablado de estrechar la relación, dar un nuevo e importante paso, no ser solamente novios. Hablarían por la mañana.  ¿Acaso sacaría en cualquier momento un estuche con un anillo? Luciana no se imaginaba  como la “señora de” presentada en sociedad, la ama de casa, que haría tareas por rutina y no por obedecer, la esposa que merece respeto, solo lo que esté en el libro. Tenía que volver al bdsm, no se suele valorar algo hasta que ya no se lo tiene, y así le ocurría. Si alguna vez lo temía, ahora sabía que lo necesitaba, no más actos rutinarios y predecibles.
Ella no podía dormir pensando en la mañana. Se le terminaba el tiempo para anticiparse y tomar decisiones importantes. En unas horas más sería todo o nada. ¿Podría vivir en pareja con él y tener sesiones con otra persona?  No, no solo engañaba al menos a uno de los dos, también se fallaba a sí misma. Si decidía volver al bdsm no lo haría a escondidas, como avergonzada. Tendría que decírselo, esperar que lo acepte. Preparar la ocasión adecuada. Eso decidió finalmente: despertaría más temprano y prepararía el terreno.
Cuando él despertó, se encontró con que todo detalle estimulaba los sentidos: las velas aromáticas, la lencería roja de Luciana y su actitud sensual, un CD con música de saxo. Sus cuerpos se abrazaron, unidos piel con piel, labios y lenguas, dedos que reconocían cada uno la textura del cabello del otro.
-¿Harías algo por mi?- Le susurró ella sensualmente al oído.
-Por supuesto, solo dime.
Ella se alejó un par de pasos, y de un cajón retiró dos pañuelos prolijamente doblados.
-Me gustaría hacerlo más emocionante: que me ates y me vendes los ojos.
-¿Que te ate?- él  parecía sorprendido.
“Si me dice que estoy loca...le doy una patada en el culo”, pensó Luciana mientras le sonreía. Llegado el crucial momento de tantear el terreno, lo que más temía ella era que esa atmósfera  sensual se derrumbara como los edificios demolidos con explosivos.
-Como quieras. -aceptó él con otra sonrisa.
Le llevó las muñecas hacia la espalda y las ató con el primer pañuelo. Con el segundo le vendó los ojos. Luciana le sintió caminar a su alrededor, soltarle el sostén al pasar tras ella, apoyar las manos en su cadera y  lentamente terminar de desnudar su sexo y su cola.  El la vio mejor que nunca, irresistible en su entrega, en su cuerpo ansioso por seguir el camino que sugería. No se lo negaría.
Luciana sintió otro cajón abriéndose y un tercer pañuelo, esta vez en su boca. El la amordazaba.
-        Si no te gusta, dime que no con la cabeza en cualquier momento y me detendré y te soltaré. En caso contrario, no te contaré sino que te demostraré lo que quería que supieras de mí, mi parte más apasionada, mi parte dominante.
Así lo hizo, ante la estremecida Luciana, que mezclaba en sus gemidos excitación, agradecimiento, sorpresa. Cuidó bien que ninguno de sus movimientos se pareciera siquiera a un “no”. Sintió las manos de su amado haciéndola suya, tomando posesión de cada zona íntima, estimulándola a voluntad, dueño él del placer de ella y del momento en que la dejaría correrse. Los mismos labios que besaban su cuello le susurraban al oído en un tono cada vez más atrevido. Si, ella sería su sumisa, su perra, su puta, sobre todo, suya. Eso le afirmaba con la cabeza al tiempo que experimentaba la pasión con que él la penetraba desde atrás.
Una vez rendida al placer y a su destino, él soltó sus ataduras, las de sus manos y las de su alma; estas últimas para siempre.
Recostados, unidos en un abrazo, unieron también sus miradas, viéndose ya de otra manera.
-        Y pensar...-dijo él- que me preocupaba la posibilidad de que te alejaras cuando lo supieras. De ahí que quisiera pasar del kamasutra al bondage, luego proponerte el bdsm. Tal vez de manera inconsciente vimos algo en el otro y por eso nos sentimos atraídos desde el principio.
-         Yo también te lo hubiera revelado antes -dijo Luciana- pero te veías tan  respetuoso, tan educado y caballero...
-        Mi estimada sumisa...-comenzó su respuesta él mientras le besaba los pechos, pues de toda ella dispondría a voluntad.-Has dado pocos pasos y hay para ti mucho más que voy a hacerte vivir, pues no pienso privarte de cada forma en que te haga sentir felizmente mía. Claro que cuido bien de mi más preciada posesión, sin dejar por eso de ser tan caballero como apasionado. Es que así somos los dominantes.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Presencia



Veo tu foto en el celular. Desnuda, sentada con la cola sobe los talones, las rodillas algo separadas, las palmas hacia arriba apoyadas sobre las rodillas. No se ve tu rostro, solo tu Amo sabe a quién corresponde esa belleza sin máscaras, que en su postura dice: así soy y así quiero ser.
La imagen corresponde a aquella ocasión en que sentías a la vez tanto deseo de servir y temor de no hacerlo bien. Hermosa como una versión actual del nacimiento de Venus, vulnerable como un retoño con mucho potencial pero poca experiencia.   Te preocupaba que una ausencia relativamente breve de tu Amo fuera una mala señal, pues todo podía ser una señal, una prueba, como entonces lo veías.
“¡Perdón,  Señor!” Con esa súplica comenzaba el mensaje en mi celular. Mi primera reacción fue la curiosidad. Sobre el escritorio tenía una pila de trabajos de crítica literaria entregados por los estudiantes. La pantalla plana del ordenador mostraba de fondo el emblema de la universidad. Por el pasillo veía pasar a estudiantes, profesores, y alguien de mantenimiento. En medio de todo, mi faceta de dominante se asomaba de pronto en un tono de emergencia. Mi apreciada sumisa pedía perdón por lo que fuera que haya hecho, pedía que la castigue si lo merecía, pero que no me aparte de ella tanto tiempo.
En realidad habían pasado apenas 48 horas desde nuestra última sesión, que era también una de las primeras. Entre las clases, la corrección de trabajos y las reuniones, el tiempo había pasado rápido, y no era un día particularmente absorbente. Suponía que tu debías comprenderlo, pues… mi entusiasta y delicada sumisa, también dabas clases ese día.
Noté cuánto me necesitabas. Por un lado, me inspirabas ternura, pero también debía enseñarte templanza. Por eso no pasé a verte por tu salón. Nos veríamos dónde y cuándo yo lo indicara.  Te respondí diciéndote que me encuentres más tarde a la entrada de mi edificio. Viniste hacia mí para saludarme. “Perdón, Señor”, susurraste a mi oído. “Acompáñame, por favor”, respondí. Entramos en el ascensor. A solas, con tu espalda contra la pared, tomé firmemente tu cabello obligándote a mirarme. Eliminé toda duda sobre tu temor de haber hecho algo mal. “¿Sabes qué hiciste? Me cautivaste con una entrega que me conmueve, que despierta mi deseo de hacerte mía, dominarte hasta que sepas al detalle cada manera de complacerme, y verte tan sumisa, sólo para mí, que me siga sintiendo afortunado como me siento, porque soy el Dueño y Señor de un tesoro sensual.” Llevé tus manos hacia tu espalda y te las sostuve allí mientras te besaba. Tan pronto el ascensor subió hasta el último piso, lo hice bajar de nuevo hacia el mío. “Este viaje lo haces de rodillas”, ordené.
Una vez en mi apartamento, quité tus ropas sin prisa, mientras mantenías baja la mirada y tus labios en silencio. Mis manos se deslizaban formando caricias a lo largo de tu cuerpo, sobre las curvas de tu cintura,  tu vientre, tus pechos. Ya desnuda y de rodillas, uní tus manos a la espalda con las esposas de cuero, vendé tus ojos con el pañuelo que traías al cuello.
Permanecí en silencio, mirándote. Tus pechos subían y bajaban al ritmo de una respiración profunda, entre la excitación y la ansiedad apenas controlada. Tu recodarás esa escena de otra manera, desde las caricias en tu piel, los sonidos de mis pasos, el aroma de mi loción. No me esperaba que por un par de días tuvieras esa reacción de ansiedad, pero no negaba que te hubiera extrañado, que pensara varias veces al día en el momento de volver a verte. Me senté en el sofá y mientras oías de rodillas te conté mi sueño. La noche anterior había soñado que estaba dando clase y pensaba en ti. Mi miembro se abultaba hasta tal punto que rompía el pantalón, el cual caía, sin ropa interior, y se liberaba mi virilidad en toda su extensión. Las estudiantes de la clase formaban dos filas y se acercaban en cuatro patas en actitud de veneración. Las más cercanas llegaban a lamer mis piernas, pero sólo tú caminabas desnuda entre ellas, te arrodillabas, besabas mi sexo y procedías a usar tus labios y tu lengua con tal presteza y deleite que les demostrabas que solo tú podías ser mi puta. 
Desde esos primeros días ya te mostrabas dispuesta a ser para mí lo que yo deseara que fueras, sin otra aspiración que la de complacerme. Pese a tus inseguridades, cada vez menores, deseabas poner a mi disposición lo más valioso que tenías: tú misma.
Yo también tenía mi combinación de sentimientos, el deseo de poseerte, convertirte en la realización de mis fantasías, y la admiración por tu valiente actitud de entrega. Dejé que sintieras mis pasos al acercarme. Te ayudé a ponerte en pie, besé tus labios. Tomé entre mis dedos tus pezones firmes, los froté entre mis dedos y tiré un poco de ellos. Tú te estremecías, silenciosa con excepción de los gemidos, obediente. “Estoy aquí, para ti. Me vas a sentir en tu piel.-dije- Me vas a sentir en tus sueños, me vas a sentir durante el día, porque voy a estar siempre para ti, y voy a recordarte quien eres en tu más profunda esencia”. Te incliné sobre la mesa, acaricié tus nalgas, las pellizqué, les di unas palmadas, y otras más, y más. Me gusta cuando veo ese bello tono rosado en tus nalgas, pero esta vez me detuve antes. Parecías sacar la cola como pidiendo más. Deslicé mis dedos a lo largo de tu sexo y metí uno de ellos en tu ano, lo cual te arrancó una nueva exclamación. Oírla me excitó aún más. Lo moví dentro de ti al tiempo que tus manos atadas  se agitaban y solo lograbas acentuar la sensación de sometimiento.
Tomé tu cintura con ambas manos, sentí la calidez de tu sexo húmedo al contacto con el mío. Te penetré con vigor, entregándote yo también todo de mí, en el gesto de perder el control de una manera maravillosa. Perdernos y encontrarnos juntos, en una explosión de placer, en unas esposas que luego suelto y caen, en un abrazo tierno sobre el sofá.
Al día siguiente, me aseguré de enviarte un mensaje antes de entrar a mi oficina. Al poco tiempo me llegó tu respuesta: “Gracias Amo”. No era un mensaje más. Antes con timidez me llamabas Señor, como te salía espontáneamente, sin más presiones ni prisas sobre ese punto. Ahora la timidez había huido entre gemidos y nalgadas.
Esos bellos recuerdos evocas en la imagen, verte entonces y verte ahora, con la autoestima de una mujer que sabe lo que quiere ser y está orgullosa de serlo. Me perteneces, no porque yo lo diga, sino porque así lo deseas. Es un honor, un compromiso, una responsabilidad que he aceptado. Somos felices a nuestra manera, incluso si nadie a nuestro alrededor pudiera comprender mis motivos, o los tuyos.

martes, 2 de julio de 2013

Incursión (3)




Esta es otra región de la costa. Ariel camina por la orilla de la playa, envuelto en la brisa marina. No piensa en nada en particular, sino que deja que la brisa despeje su mente. Marcha paralelo a las huellas recientes de otras personas, unas huellas que siguen hasta donde puede ver, pues no es el único que encuentra en esos paseos una forma de meditación. Hay un grupo de nubes bajas, y en el muelle de pescadores, mas adelante, una pareja de adolescentes enamorados juega a determinar a qué se parecen.
Ariel va de regreso a su casa, donde entra sintiéndose renovado y se conecta a la Comunidad. Ingresa su clave y frente a la pantalla plana se presentan las imágenes y los textos habituales de un mundo donde se siente parte, sin tener que esconder nada de sí mismo. Es conocido como alguien honesto, trabajador, aparentemente rutinario. Como ocurre con el mar, bajo al superficie está lo más interesante. Tiene sus secretos, y además sabe guardar los secretos de otros, esa es una carga consecuencia de su honestidad y otros de sus valores.
Lee entre las novedades la presentación de una joven que se siente sumisa. Ojalá no sea de quienes llegan queriendo ser la protagonista de aquella olvidable trilogia, piensa. Parece una epidemia. Siente pena por los árboles que  fueron cortados para imprimir lo que cabría en un único y pésimo libro. Como si fuera una moda, de pronto habían empezado a aparecer otras novelas eróticas también con tramas de bdsm.
Ese dia, en la sala de chat, se produjo en primer contacto entre Ariel y Sofi. A él le gustó la simpatía natural que ella trasnmitia incluso por ese medio, la claridad con que sabia lo que quería y lo que no, el valor que mostraba para dar esos nuevos pasos, valor entendido como sentir inquietudes pero seguir adelante. A ella le causó una buena impresión el trato gentil de quien tenía experiencia pero no lo presumia, quien le respondia muchas preguntas y se las hacia también, procurando conocerla en vez de apresurarse a insinuar dominación. Con el paso de los dias, creció la simpatía y la confiaza entre ambos, él sabía elegir cada palabra por su carga de significado, como un canto de sirena subliminal, donde hablaba su parte dominante y seductora. Ella sabia que estaba ante la jaula de una fiera, como un felino bello pero a la vez poderoso, y si entraba y se dejaba atrapar seria dificil que quisiera volver a salir. Ese lenguaje sabia apelar a sus deseos íntimos y excitarla como lo haría una buena novela erótica.  En la sala, luego en chat privado, luego en el msn, se acercaban como en el tango, donde se abrazan, se miran, llegan a un pico de tensión sexual y la sostienen.
Las explicaciones sobre dominación y sumisión pasaron de los ejemplos a sugerencias, y de alli dieron paso al uso de imperativos, en su forma, gentiles como una invitación y en su contenido, la encrucijada entre obedecer o retirarse. Sofi lo sabia, podía retirarse, pero no era una posibilidad tan atractiva como continuar.
" Esto es lo que me complaceria mucho que hagas...", él escribia, y ella le obedecía y le escribía una de sus fantasias de sumisa, se tocaba de la manera que se le indicaba, o se abstenia de hacerlo sin permiso. Se sentó frente a la pantalla usando solo sus pendientes y el collar de perro comprado en la veterinaria.Tomó una foto de ese momento, guardándola para verse sumisa y orgullosa. No había demasiados kilómetros entre ambos. Solo que la confianza es un edicio delicado como un castillo de naipes, y vale la pena tomarse el tiempo necesario para construirlo.
Era un sábado, pero no como tantos otros. Sobre la mesa, a un lado de la pantalla, ella tenía los elementos comprados ese mismo dia: la cámara y los audífonos con microfóno. Estaba lista para avanzar otro paso en la incursión por el camino que habia elegido.  A ese ritmo tampoco faltaba mucho para otro paso más.


 

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