
Nunca creyó en la casualidad, ni siquiera en el destino. Sin embargo el azar es caprichoso, como ella: se muestra, se esconde, viene y va, surge de la nada cuando menos te lo esperas.
Eso pensó, antes de volverse, al oír de nuevo aquella voz masculina, profunda, tierna y sensual pronunciando su nombre suavemente:
_ ¿Eva?
Cerró los ojos un instante, agarró con fuerza el libro que ojeaba para disimular el temblor de sus manos y acallar los latidos de su corazón desbocado que agitaban el jersey pegado a su cuerpo.
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_ ¿Cómo estás? – le miró sonriendo- ¿cómo supiste que era yo?, ¿cómo has podido encontrarme?
_ Por tu pelo, tus vaqueros ceñidos a las piernas como una segunda piel, dibujando esas curvas que me enloquecen, tus tacones rojos, el olor de tu piel… Porque no pude olvidar aquélla “noche de las ánimas” –contestó él tomándole la otra mano, mientras se acercaba despacio y rozaba sus labios dulces y húmedos - ¿vienes? Tengo algo para ti.
Eva le seguía obnubilada, enganchada a su mano como una niña, sin preguntar, sin pensar siquiera cómo logró descubrirla esa tarde tan fría y oscura, ese viernes lluvioso y triste, en la librería más recóndita, ignota, pequeña y antigua de toda la ciudad.
Yago la llevaba corriendo calle arriba, trastabillados en las aceras, saltando sobre los charcos, entre las luces tenues y blanquecinas de las farolas. El ascensor conservaba el encanto de aquéllos antiguos de principios del siglo XX; durante el cortísimo trayecto hasta el ático se devoraron sin piedad, sin mediar palabra.
_ Si no me dejas un segundo, no podré abrir la puerta- ríe Yago.
A trompicones llegaron al dormitorio, pendientes sólo el uno del otro, de sus labios, de sus ojos ardientes, atropellados…
Eva tira su jersey y sus vaqueros por el pasillo, casi tropezando, lleva los tirantes caídos, unas medias a mitad de la pierna, el pelo oscuro revuelto, los ojos brillantes. Se funden en un profundo, largo y húmedo beso.
_ Tienes una casa bonita – logró balbucir rodeada por sus brazos - espera.
Se acerca coqueta al espejo, un imán para ella: los rizos oscuros caen en cascada sobre sus hombros, los labios rojos centellean. Le gusta su reflejo.
_ No te muevas, mírame, mírate, déjame contemplarte así…, quieta – Yago se quedó sin aliento al ver deslizarse el tirante por su hombro, los pechos redondos y erectos al rozar el frío cristal. Mientras le acaricia un pezón, succiona el otro duro y erguido.
Sonríe estremecida: - sigue, chúpame, muerde- gime arqueándose –me enciende ver tu boca mordisqueándome, la dulzura de tus ojos a través del cristal.
Yago contempla extasiado a su reina, la reina del mundo era suya por una noche: las manos apoyadas en la pared, su espalda, sus caderas, sus piernas medio abiertas…, el resto de su piel encendida y dorada haciendo estallar, con su fulgor, el espejo. Anhelante, excitado la penetra suave e intensamente por detrás, alcanzando el más frenético de los goces en cada embestida, el orgasmo rotundo y salvaje, al que siguen otros más breves pero igual de deliciosos.
Radiantes, sonríen, cruzan sus miradas…
_ Desnúdame del todo, ¿quieres?
Reina